Cosas Buenas

Tenemos muchas cosas qué decir

Ni mucho, ni poco: tres junio 25, 2008

Archivado en: Manifiesto del cuerpo itinerante,Vida — cosasbuenas @ 8:48 pm
Una tarde de éstas...

Una tarde de éstas... / Desde el tren, camino a Rengo. IF

 

 

Al fin y de nuevo. Si eso de cambiar de vida al final es parte de la misma naturaleza, si acaso la novedad es para uno, el mortal que se sorprende, se hastía, se adereza, o se reinventa su propia vida.

Definitivamente el primer trimestre quedó atrás. Tengo la misma cara, con otros ojos. A juzgar por las fotos que tan poca justicia hacen y que bien poco dicen, ha sido una jornada dura. “Te ves diferente”, dijo, una, dos, tres, mexicanos.

 

 

Y allí cabe todo, claro. No lo niego: ha sido un trimestre intenso. Como todo inicio de lo que se gesta desde cero, éste capítulo lleva miedo, dolor, placer, incertidumbre, desvelos, amor, errores (muchos y de todos los sabores), ingenuidad, resistencias…

 

 

Y un día sucedió que lo nuevo se hizo cotidiano. Supuse bien: tres meses y medio de haberme transplantado a tierra distinta, había que germinar. Me sentí feliz y satisfecha, con ese aire de mujer agotada que termina de subir la tercera piedra de un muro infinito.

Un cúmulo de conclusiones se aprontan: estoy segura de que tantos años viviendo en el mismo país fueron un poco excesivos, pero dan una fortaleza insólita que me sigue sorprendiendo. Gracias, entonces, sería una conclusión más que un simple agradecimiento: porque cada persona que compartió un momento (por segundos o por veintitantos años) conmigo es también, a su modo, un cómplice sobreviviente en tierras andinas.

 

 

Curioso: los recuerdos de México y los mexicanos siempre aparecen en momentos y situaciones insospechadas. Así es esto de recordar: el cómo era, cómo es y cómo sería en el aquí y ahora.

Otra vez escribo desde la misma cama improvisada que me abriga desde hace tres meses. Hoy la veo con cariño, con mis sábanas, cándida luego de un día cansado, o estresante, o aburrido, o alocado. Hoy mi vida está aquí, aunque todavía pasen noches en las que abra los ojos desconociendo el techo y esos muros. Qué extraña sensación. Quizá haya otra mudanza pronto, más por necesidad que por gusto, un reacomodo de extranjeros. Irónico, al final todos nos revolvemos en América.

 

 

El cambio de hemisferio me ha enseñado un cambio de perspectiva también: todo es más ordenado, limpio, exigente y caro frente a mi único referente inmediato. Extraño México, pero por estos días, me gusta pensar que hay lugares muy distintos habitados con personas de ideas compatibles.

Y conocer en piel propia los que es un mayo frío, un junio helado. Un invierno en primavera. Una ciudad tímida ante montañas blancas, porque los días son cortos y oscuros, y la gente se vuelve más discreta.

Claro, ya me enfermé sola y me remedié igual. Sola tampoco es un término absolutamente cierto: hay amistades que hacen de estos días, algunos de los más solidarios de mi vida.

Sigo con las jornadas culturales cada vez que se puede, porque evidentemente, esta ensalada México-chilena cada vez se pone más condimentada.

 

 

Me aterra: pensar en escribir un resumen, cuando hay tanto qué decir. Para las síntesis, sería bueno preguntar a mi hermana, que vino como Julio Verne, en un viaje de ciencia ficción, al extremo del mundo por seis días, y se llevó algunos corazones, una nostalgia de hermana, unas botellas de vino, un encanto de extranjera, y unas ganas de regresar, espero.

Acá nadie se explica aún la magnitud de esta distancia y cariño.

Al intentar definir este revoltijo, otra mexicana autoexiliada dice que es posible encontrar un aire setentero, tal vez por aquella rebeldía y pulsión reprimida. Ysí, marihuana. Y sí, rebeldes y represores que usan golpes antes que palabras al más puro estilo dictatorial, y sí bunkers verdes patrullando las universidades, y sí peinados alocados, mente libre.

Pero también es real esa otra cara que tiene aquí a colombianos, italianos, peruanos, suecos, y claro, mexicanos, viviendo desde hace años: un aire cosmopolita, un sitio seguro, trabajos mejor remunerados que en otras realidades, frutos limpios, agua potable, personas inteligentes y críticas, nieve y Andes.

La comida es un tema superado y pendiente: el ají, el chile, es nuestro mexicanos! Los peruanos hacen un aporte notable al sazón, y los vinos, definitivamente, son de acá.

El frío es cosa seria. Las noches, brrr, para inventar remedios y combatirlo.

 

 

La universidad se pone estricta: el grado de maestría no dice nada aún, pero el contrato de escuela cobra (además de facturas mensuales), su dosis de intelectualidad. Ya aparecen algunas posibilidades de trabajo, unas centenas de dudas.

El nivel, como siempre, lo pone cada uno en el grado que se le antoje.

Olvidaba, por un momento, que eso de calificar cuenta para algunos. Me mantengo aprendiendo hasta de los invitados que van a cenar a la casa, a tocar la guitarra, a hablar de teatro, de política, de educación, de teatro. En inglés, en hondureño, en ecuatoriano, en chileno de Curicó, de regiones. Aprendo hasta de los avisos en la prensa, y de los modos en que aquí se piensan las cosas. Este retiro y descanso mental de la televisión (absolutamente toda) ha servido como nunca para pensar y reconciliarme con la vida. Para inventar nuevas formas de ocio.

La moda también es espacio creativo: hay combinaciones que invento ante situaciones inesperadamente precarias.

No quiero hablar chileno, me gusta mi español, y todavía es difícil entender una conversación acelerada.

En tres meses de experimento la independencia ha sido riquísima, la soledad soportable, hay que ser inteligente para lidiar con ella y no cargarla inecesariamente. La nostalgia necesaria. Toda la comunicación con el exterior, con las personas que quiero y que no están aquí me mantiene excenta de una ordinaria experiencia: me hace sentirla y vivirla por muchos, con muchos.

Sigamos haciéndonos más….

Irene Flores García

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3 Responses to “Ni mucho, ni poco: tres”

  1. Lalo Higuera Dijo:

    Hola Sirena, gracias por el mail y las dedicatorias inmerecidas. No sabía de tu migración austral pero me da gusto y desazón enormes. Ya empecé a escribirte un mail en forma para que lo leas pronto, recibe un abrazo desde 16 mil kmm de distancia tan grande como para llegar a Santiago.

    Lalo

  2. Carol Dijo:

    Que palabras tan lindas Irene, veo que tu corazón y tu alma están en su esplendor cada vez que escribes. La inspiración se hace presente todos los días en tu vida, así parece. Vives cada momento como si fuese el único y te apoyo en ese fin, como dice la canción: “sólo se vive una vez”.
    Sigue escribiendo y transmitiendo tus vivencias, a todos nos hace bien leerlas, también nos das la oportunidad de conocerte aun más.
    Cuidate siempre, especialmente aquí, en el país de los andes, donde estás ahora.
    Te quiero mucho, un beso y un abrazo,
    Carol.

  3. Rachel Dijo:

    Me gusta tu prosa, tu ortografía es excelente. El contenido me parece interesante en partes, aunque desde mi humilde punto de vista abusas de algunos calificativos y eso me pierde del centro de la lectura….

    Disfrutaría mucho más de tu escritura si pensaras menos en hacer un resumen y escribieras de lo que dice tu corazón, te aseguro que a través de ello sabríamos más de cómo estás… Mi favorito, por ejemplo, es “De Huracanes y Convulsiones”; es como si te estuviera viendo.

    De cualquier forma, leerte es tenerte cerca, sentirte y apreciarte…. Chistoso, no?? Mejor a la distancia que cuando estuviste cerca. Un beso.

    P.D. La tía Paz y el primo Luis te mandan saludos. Tu sobrino Emilio también; por supuesto desde SLP…


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