A todos los que soñé o a los que me filtraron a su sueño. A los que soñamos juntos, a los que me soñaron sin permiso.
Porque los sueños duermen y despiertan.
Irene Flores García
**
Había una vez…
Una mujer que se sentía inquieta aún en los torbellinos, incluso allí en los remansos donde la mayoría prefería quedarse porque imperaba la tranquilidad, porque pese a lo predecible, turbio o claro, el aire era seguro.
Pero probar la calma y probar el riesgo, y regresar luego al primero ya no tiene el mismo efecto si no hay experiencias vitales qué guardar en el equipaje mental. Supongo que eso, y que siempre me pregunto qué habrá más allá, no del cielo, no después de la vida, sino de los otros que existen al mismo tiempo que nosotros, aquí y ahora. Me dan curiosidad los distintos amaneceres con la misma luna, los humanos en el mismo planeta. Descubrir cómo somos simultáneos y diversos. Siento vértigo cuando pienso en todo lo que queda por ver, por leer, por descifrar.
Por eso no me sorprendió pensar en que viviría un tiempo fuera de mi país, lo extraordinario fue hacerlo posible.
La llegada a Chile es memorable desde que se gestó. Entonces pensaba que era un país comprensible, modestamente en los límites de lo previsible.
Para quitarme lo modestamente ingenua, y para que nunca se me olvide, el viaje tuvo su dosis de tragicomedia con final bueno – escribo desde mi habitación temporal en Santiago-, que llegó como una luz luego de un túnel escabroso.
Con algunos cambios de horario, pasé 20 horas en aviones y aeropuertos. Conociendo fragmentos de todo, de nada a profundidad, pero siempre incapaz de cerrar los ojos más de cinco minutos para poder captar todas las escenas de esa insólita película surrealista que era mi propia vida en aquellas circunstancias. Posdata: Los viajes de bajo costo sujetos a confirmación, apestan. (¡Pero cómo ahorran!)
Mi equipaje se comportó a la altura: sólo dos maletas ligeras que se vuelven pesadas, cansadas. Nunca había hecho desayuno, comida y cena literalmente, en las nubes. El tiempo de gracia, el de ajuste, lo dejamos para después, pues resulta que aquí lo que menos hay es tiempo. Y yo, que vengo de una ciudad saturada de escasez, apresurada y apretada, lo percibo. Y los demás lo sienten. Santiago corre, no sé de quién, no sé a dónde.
Me fascina ser la extranjera que no tiene prisa. La que aprende todos los días un camino nuevo. La que todos los días pierde una ruta, gana un conocido. La que camina kilómetros, al menos cinco diarios. La que prefiere no depender de los mexicanos, pero sí tenerlos cerca, encontrarlos en el mismo exilio. Aún no sé si me gusta tener una habitación tan austera (colchón y mesa, y…¡nada más!, ja) pero disfruto poco a poco irla –e irme-construyendo; ni creo que me guste nunca tener presupuesto limitado para todos mis antojos, por primera vez me siento reprimida!, ja. Me regalaron un afiche color rosa chinga-retina con un hombre que tiene una caja de casa: dice textual “disfrute con poco”. Ameeén.
Hoy cumplo un mes desde que empezó el vuelo más largo del que tengo memoria, y llegué a una ciudad andina. Ya sé cuándo y dónde hay comida, y cómo se clasifican los vinos; ya sé dónde y cómo se recarga la tarjeta de metro, y un montón de palabritas y palabrejas chilenas. Soy más delgada y de nuevo alumna en una universidad. Ignoro tanto que imagino que nunca voy a terminar de conocer este híbrido.
Sabe a fusión: de europeos, de artistas, de empresas, de idiomas. Definitivamente está lejos de ser Latinoamérica e irónicamente lo es, al menos en el mapa. Ya tengo lugares favoritos, aunque siempre falte dinero para visitar todos los que cobran. Afortunadamente hay en mi lista muchos rincones verdes, libres, bohemios, francamente inspiradores, a los que siempre me gusta acercarme cuando no hay presupuesto y sí mucha imaginación.
Todas las sugerencias son bienvenidas. Recién escuché que Björk compró algunos afiches en The Clinic, y así fue como llegué a ese bazar contestatario (…todo es negocio, incluso la caricatura de Hugo Chávez gritando “FARC you”)
Mucho cine y teatro gratis para quien sabe encontrarlo, cosa que agradezco. La gente citadina es tajante: sí o no. Quiero aprenderles eso, pero me gana gama tonal de grises antes de ser definitivamente negro o blanco. Con la gente de provincia, la de Viña, la de Valparaíso, Temuco, Chillán, es fácil encariñarse.
El sistema heredó excentricidades de la dictadura, a saber esa especie de cédula de identidad que piden a todos y para todo, con su respectivo número irrepetible; y acaso los fines de semana cerrados, herméticos. Y pensamientos lineales en asuntos curvos, especialmente burocráticos. ¿Lo bueno? Las sociedades organizadas funcionan. ¿Lo malo? Las sociedades tan privatizadas como ésta, dependen peligrosamente de Estados Unidos en tiempos de crisis. No hay educación pública y dicen que enfermarse es mortal para cualquier bolsillo.
No vine a comparar comida, y sin embargo el otro día involuntariamente me descubrí buscando ingredientes mexicanos, con olor, color, sabor…allí sí que no se ve bien la sobriedad. La comida mexicana empieza a aparecer como un edén prometido, ¡donde algún día he de ir a engordar! Mmm!!! No todo es tan trágico: quedan marroquetas, sopaipillas, empanadas de pino, pisco, mote (a), y poco pescado (¡qué afán de exportarlo!)
Este mes ha sido de intenso descubrimiento: evidentemente externo, pero profundo e interno también. Llorar y reír son verbos que se redimensionaron. Extrañar ha sido un vicio y una necesidad paradójica. Descubrir que la extranjería es fascinante y solitaria es una teoría que ronda mis sueños por estos días; y reconocer que todo se ve mejor con un poco de lejanía es un ejercicio que practico casi todas las tardes.
Cualquier detalle se hacía enorme, hasta que poco a poco llega la dosis de rutina que todos necesitamos, incluso los alérgicos a ella. Si mi casera me regalaba un pastel y café, se volvía la noche más dulce de la semana; si no recibía al menos un correo electrónico, una llamada de México en dos o tres días, la tristeza era indescriptible. Qué horror, odio los temperamentalismos, y heme aquí. Como he dicho, después de un mes, por supuesto, las cosas cambian. Lo que no cambia es hallar gente deseable, indeseable: los hay en todos los lugares.
Las tardes que no ocupo en leer, caminar, hablar con desconocidos que se vuelven colegas en cuestión de anécdotas; cuando no me quitan horas la cocina y la lavadora, o bien algún convite de chilenos, peruanos, estadounidenses, bolivianos, y por supuesto, mexicanos que se unen en la singular lejanía.
Cerro Santa Lucía, Palacio de La Moneda, Bellas Artes, Bellavista, Cerro San Cristóbal, Lastarria, San Joaquín, Providencia, ya están conocidos, falta TODO lo demás.
No he ido a Parque Arauco, demasiado glamour para las actuales condiciones. Ya visité La Chascona, en una intromisiva visita a una casa de Pablo Neruda.
La escuela es todo un tema aparte. En mi imaginario, pensaba que sería demasiado pronto, pensaba en algunos consejos sobre esperar un poco. Ja. Volver a ser alumna me coloca en un exótico papel de madurez y experiencia que supuestamente poseo. El resultado es así, raro. Todo a nuestra completa disposición, acaso a la de los más maduros y con experiencia. Porque resulta que sí, que tengo noción de la vida profesional y el vínculo puede ser muy provechoso. En este programa nos toca ser universitarios casi de tiempo completo y la otra parte, volvernos discípulos de editores en el periódico de mayor circulación nacional. Lo disfruto, y aprendo estilos, defino, defiendo los míos. Esto del periódico aquí, allá, acullá, requiere psicología y tolerancia. Estar enmedio de medios me ayuda a enterarme de todo lo que sucede en Chile y detrás de los Andes. Aunque la logística mía sea un poco difícil (en esa habitación con cama y una mesa, no entra más que inspiración), lo tomo como un descanso de la televisión y el radio convencional. ¡Viva Internet!
Con urgencia y con la justa dosis de melancolía que se sirve acompañada de ansiedad, necesito escribir y leer a mis quereres, revivir las relaciones epistolares que nos acercan en segundos. Contestar otras preguntas, hacerles las mías. Mandar cartas, fotografías, y pedirles historias. Usemos cualquier vía, pero con la frecuencia suficiente para tenernos cerca.
Es insólito que con recordarlos me sienta feliz, y por eso los quiero, los admiro, los extraño.
Con cariño,
if